
Tuve un día nefasto. No porque me hayan pasado cosas feas, sino porque me tomé todo a mal. De repente, todo era espantoso y me puse violenta. Mientras caminaba con mis tacos aguja puteando porque me dolían los pies, porque los pardos me gritaban cosas, porque llegaba tardísimo, porque tenía moretones en la cintura y porque es gratis, me imaginaba la próxima cita con mi psiquiatra:
- Está bien, pero tenemos que bajar la agresividad. Topiramato.
- ¡Nooooooooooo!
Y me veía como esas minas que están re locas, que te dicen que no quieren tomar su medicación mientras le clavan alfileres a un muñequito.
El día en sí no había sido malo. Había recibido el llamado de una persona que conocí en el programa de Anabela, que me pidió el teléfono para ser mi representante. Me llamó y me dijo ¿Querés que te represente? No es que no me pusiera feliz. Encima, me dijo que tenía lindo cuerpo. Sin embargo, no había caso.
Mi día fue una mierda indiscutida hasta que llegué a casa y vi que mi abuela me había dejado un regalito en la pantufla firmado por "Gaspar, Melchor y Baltazar".