
"El Colo" fue publicado por la revista THC hace unos meses.
El porro incitador
Era de esperarse: Romi se fue a recuperar a Córdoba, donde tiene unos parientes y no creo que vuelva. Con el dinero que juntó, seguramente ponga una parrilla. Yo no quise seguir sola, así que usé mi parte para invertir en un kiosco de barrio y un siervo que lo atienda. Así siempre tengo sedas, pipas y maquinitas para armar.
Este cambio rotundo en mi vida, me trajo confusiones acerca del sexo. Ahora puedo elegir con quién, sin tener que clavarme con lisiados, fanáticos o sátiros que bailan tap sobre una mesita. Pero no quiero novios ni pensar en procrear. Hola, hijo, este es el mundo: una garcha, no, no podría.
Así fue que mis experiencias sexuales como Señora Trola pasaron a ser las vivencias de una putita más tras el polvo del momento. Esa noche le tocó a “el colo”. Durante mucho tiempo pensé que eran yeta y me agarraba la teta izquierda cada vez que veía pasar uno, pero con este hice la excepción porque no tenía el pelo naranja, sino cobrizo. O bien, porque yo estaba demasiado caliente y a la noche todos los gatos son pardos.
Puso un disco de Estopa que tiene casi todos sus temas dedicados al faso. Luego de armar, sin dejar de hacer contacto visual, comenzó a fumar sin convidarme. Yo lo miraba y susurraba parte de la letra del tema que sonaba: “Calada a calada, poquito a poco, se desnuda el aire y la luna se viste. Déjame que fume…” Ya cuando pensaba que se iba a fumar mi porro él solo, me sorprendió con un beso. Él fumaba y en vez de tirar las bocanadas al aire, las liberaba mientras nos besábamos. Cuando empezó a armarme porros enteros, yo ya estaba tan excitada con el ritual previo, que le empecé a desabrochar el pantalón. Realmente no me sentía fumada; me sentía erótica, sentía que me había calentado con un humo narcótico.
Me levantó en el aire y me llevó a la cama. Ahí, me sentí totalmente entregada.
- Haceme la cola –rogué
- ¿Estás segura?
- Por favor –imploré, mientras me retorcía en la cama y me ponía de espaldas.
Pájaro que fumó y cogió, voló
Yo estaba desmayada y babeándome. No tenía la menor intención de levantarme de la cama.
- Chanelle –me dice- ¿me abrís? Tengo que irme a laburar.
- Yo no, tengo un siervo.
- Qué bien, ¿me bajás a abrir?
- No. Tocale timbre a algún vecino.
- Dale nena, te cogí bien.
Me levanté de golpe. Me incorporé en la cama. Agarré fuerte la almohada.
- ¿“Te” cogí? ¿Eso dijiste? Escuchame, sorete: VOS sos el que tiene que invertir en labia, en dinero…en fin, remarla para ponerla. Las mujeres cogemos cuando y con quien queremos. Nosotras decimos “Ay estoy solita” o movemos un poco las tetas o mandamos una mirada de putita y ya está, nos echamos un polvo. Lo mínimo que puede hacer un hombre es cogernos bien. Si no, la raza se extingue.
Dicho esto, lo saqué a almohadonazos de mi domicilio, gritando atrocidades sobre su “choricito colorado”. Cerré la puerta y puse doble llave para no escucharlo tocar el timbre. Llamé a mi gato, que se había escondido en el armario ante tanto griterío y, abrazada a él, dormí hasta el mediodía. Luego fui al kiosco, a por sedas.
El churro de la reflexión
Llegué al kiosco y me senté del otro lado del mostrador. Obviamente, el siervo está bueno –si no, no lo habría contratado- pero me lo cogí tantas veces que ya somos como hermanos. Encendí un cigarrillo, lo miré a los ojos y le pregunté:
- ¿Por qué los hombres sienten que nos hacen un favor cuando nos cogen?
- ¿En serio? Vos sos una yegua, cuando me cogiste sentí que el favor me lo estabas haciendo vos.
- Gracias, no te voy a aumentar el sueldo.
- Bueno, lo intenté.
- ¿Por qué es eso, siervo?
Se encogió de hombros.
- No entiendo. Armame uno.
- ¿Acá en el kiosco?
- Seh.
- Bueno, vos sos la responsable si cae la cana.
- Los conozco a todos en el barrio, quedate tranquilo.
A los cinco minutos de prender el churro, cayó un policía a hacernos un apriete. Yo apagué el porro, salí del mostrador, me paré sobre mis tacos sacando pecho y le dije con un dedo sobre mi boca carnosa y la otra mano sobre su pecho:
- Ay oficial. ¿En serio lo dice? ¿No se acuerda de los lindos momentos que pasamos con Romi…? – A esta altura, mi boca estaba a un centímetro de la suya.
- Chanelle, dejá de provocar al destino, que algún día te va a salir mal.
Se fue.
- Provocar al destino –repetí.
El siervo me miró.
Digo –continué-, culto el rati. Igual, me pregunto si escribirá “provocar” con “v”.